He de confesar que soy extremadamente sensible a los “cambios”
políticos. Probablemente lo vivido me haga más reactiva a ellos.

Paralelamente escucho palabras que me han tenido lanzando
advertencias, lastimosamente poco escuchadas o más bien, desechadas porque “no somos iguales”. Esa respuesta de quien se cree superior y que no le tocará la
fortuna, o más bien la desgracia de un régimen comunista que conlleva a la
miseria al pueblo, mientras los gobernantes mantienen sus arcas llenas. Palabras dichas por los venezolanos a los cubanos, llenos de horror a finales de los 90’s,con similares respuestas.
Hace unos 20 años repetía esta operación con mi familia,
para enviar en los viajes a Cuba desde jabón, pasta dental, medicina hasta
ropa. Todo lo que se pudiera. Hace 20 años yo vivía en una Venezuela distinta,
donde existía un sistema productivo. Las quejas del ciudadano común eran en
contra de la corrupción que campeaba a todo nivel. Algo que a todas luces
habíamos permitido que ocurriese. No supimos poner coto, y pagamos las
consecuencias.

Así Chávez encantó con su flauta a ilusos, esos desilusionados
por una democracia que mostraba su peor cara. Un momento de coyuntura que bien
supo aprovechar. Una crisis institucional terrible. Mientras los medios de
comunicación le dieron apoyo en todos los sentidos al candidato de la
izquierda: económico, mediático, político. Podría decirse que estoy contando
una historia reciente a más de 6000 km de distancia, pero repito, esto ocurrió
en la Venezuela de finales de los 90’s.
Llegó con promesas como una constituyente para cambiar la
constitución de 1961, para ellos obsoleta porque no contemplaba lo que
deseaban. A pesar que sí contenía lo más básico, deberes y derechos, así como
la división de poderes. Ese principio de Montesquieu. Habló de un referéndum revocatorio,
existen miles de vídeos en las RRSS que lo comprueban, si no estaban de acuerdo
con el mandatario, al solicitarlo, podía salir del poder y celebrarse nuevas
elecciones. Pintaba todo “supuestamente movible”, pero realmente era un
proyecto que quería asaltar el poder a través de las instituciones
democráticas, para instalar el suyo. Su proyecto denominado “bolivariano”,
secuestrando así el nombre de Bolívar para propios y extraños.


Continuaban las protestas, usando medios democráticos para
sacar del poder a quienes habían instalado una dictadura. Ingenuidad,
inocencia, inexperiencia, candidez… quizás. Las voces que advertían sobre lo
que realmente ocurría fueron silenciadas. Los presos políticos comenzaron a ser
una realidad en un país que no era escuchado por los medios internacionales. El
precio del petróleo se disparaba y el régimen CastroChavista podía pagar, bien
y a tiempo.
En el año 2004 se celebró el referéndum en medio de
esperanza, un trabajo largo, arduo y duro. Contábamos con veedores
internacionales, entre ellos el Centro Carter. Ingenua oposición, ingenuo pueblo.
Las colas para votar eran interminables. Quienes llegamos de madrugada votamos después
del mediodía, con suerte. Otros pasaron las 12 de la noche. El gobierno amablemente,
y a motu proprio alargó la jornada electoral. Entretanto todo se trastocaba. Los
datos que tenía la oposición, donde se ganaba el referéndum para revocar el
mandato de Hugo Chávez fueron cambiados. Pasadas las 4 de la mañana se dio la
alocución por parte del CNE, mismos resultados, pero a la inversa. Es imposible
olvidar ese momento, entre no entender lo que ocurría más la frustración de
unos líderes opositores desaparecidos, se dio por bueno algo que terminaba de
instalar una dictadura que no sabíamos cuántos años y hacia dónde nos
conduciría.
Los días posteriores Venezuela los vivió en silencio. Las calles
se movían a ritmo denso, pesado. Sin vida. En luto colectivo. No hubo
celebración. Estábamos dispuestos a salir a defender lo votado, pero no
hubo organización de nada. Desmontaron el sistema desde dentro.


Ahora debo acabar de organizar “mi envío” a mi gente. En un
futuro incierto, donde tengo la sensación que en mi tierra de acogida, España, pocos
me escuchan. Se acaban de dar unas elecciones y el discurso se repite por un
grupo antisistema, Podemos, cuya formación (o deformación) ha sido pagada por
el Narcoestado con esos petrodólares que maneja Cuba en Venezuela. Todos saben que
fueron preparados para ello. Todos conocen su pasado y poco les importa. Usan palabras
adecuadas, un discurso simple, son “del pueblo para el pueblo”, premeditadamente.
Y no estoy tan segura que los demócratas sepan cómo actuar. Es hora de los
estadistas, los de verdad.
Mi familia cerró las puertas de su casa en 1961. Yo hice lo
propio dos veces, en 2005 y luego en 2010 cuando aún tenía esperanzas que algo
quedaba de la tierra donde nací y me formé.

Estamos aquí, en esta España a quien decidimos querer como nuestra tierra desde hace casi once años. Sí, la querencia es distinta, pero enorme, porque conlleva una gran responsabilidad, pero que nadie dude que lo daremos todo.
Como antes, como siempre.